1896 (muerte)

1896Fracasa el negocio de baldosines y los acreedores lo persiguen. Trabaja febrilmente en la reconstrucción de la novela De sobremesa. El doctor Juan Evangelista Manrique le dibuja en el pecho el sitio exacto del corazón (mayo 23). El 24 de mayo es hallado muerto en su habitación. De su obra, había dejado en versión manuscrita El libro de versos, no así sus Gotas amargas, que fue reconstruido con la memoria de sus amigos.

¿Cuáles fueron las razones que tuvo Silva para suicidarse? Cincuenta años después de su muerte, la última persona que vio a Silva con vida, su amigo Hernando Villa, escribió sus recuerdos de esa noche:

“(…) Semanas después me invitó a tomar el té en su casa para leerme la novela, en la pieza en que murió, pocas horas después. Interrumpimos la lectura cuando nos llamaron a tomar el té, y nos sentamos a la mesa, Tomás Rueda Vargas, la madre y dos hermanas; María de Jesús Arias, Domingo Esguerra, Oliverio Ramírez, Rafael Roldán, la madre de José, y Julia, hermana de éste; el Barón de Labarre y yo. Al ir a sentarse José, vi que contó con los ojos y se retiró a tomar el té sobre las rodillas, porque éramos 13. La madre de Tomás, que vio la actitud de José, dijo a Tomás, que éste que era el más joven, debía tomar el té en una mesa aparte, para que José se sentara con nosotros y éste acercó su asiento a mi lado.

Volvimos a continuar la lectura, que terminó cerca de la una de la mañana, y José, con un candelabro de plata, en que había dos espermas, salió conmigo hasta la puerta y al despedirme le dije: “Te espero mañana a comer en casa”; a lo cual repuso: “esas comidas allí son complicadísimas y por estar delicado de salud no puedo aceptarte, pero sí voy por la noche a tomar el té”. Le repuse: “¡Déjate de esa vida, vive como vivimos todos, sin tantos refinamientos, pues si sigues así, acabas por darte un balazo!” “Suicidado yo, ¡qué bonito!”, me dijo riéndose de mí.

Al otro día, a las 6 a.m., recibí recado de la casa de Silva, de que éste había muerto. Como vivía yo, 3 cuadras abajo de la de Silva, junto a la de El Tiempo, en pocos minutos atendí la llamada y fui el primer extraño que llegó a llorar con el alma, la infausta muerte. El balazo (…) se lo dio en el corazón, con un revólver viejo, que era de su padre, de fuego lateral y que poco antes lo arregló un armero para defensa del guardia de la fábrica”.