Jorge Rojas

Jorge Rojas

Santa Rosa de Viterbo, Boyacá,  20 de noviembre de 1911 – 1995

LECCIÓN DEL MUNDO

 

Éste es el cielo de azulada altura

y éste el lucero y ésta la mañana

y ésta la rosa y ésta la manzana

y ésta la madre para la ternura.

 

Y ésta la abeja para la dulzura

y éste el cordero de la tibia lana

y éstos: la nieve de blancura vana

y el surtidor de líquida hermosura.

 

Y ésta la espiga que nos da la harina

y ésta la luz para la mariposa

y ésta la tarde donde el ave trina.

 

Te pongo en posesión de cada cosa

callándote tal vez que está la espina

más cerca del dolor que de la rosa.

 

 ESPERAR

 

Yo  creía que esperar

era dar zancadas sobre las mismas baldosas,

contándolas

y mirando

sus manchas, sus hendiduras y desgastes,

pensando

no en el tiempo, sino en ti.

 

O tal vez

estar sentado con la cabeza

entre las manos

mirándome la punta de los zapatos

o los restos de esa cerilla en el piso,

pero nunca había pensado

en mi alma, como un arbolito de agua,

esperándote entre la luz de cada día

donde se reflejan

una camelia, o tu frente

o unos pececillos de colores

igual que un beso en los sueños.

 

 MOMENTOS DE LA DONCELLA

 

A Yolanda Oreamuno

 

I

 

EL SUEÑO

 

Dormida así, desnuda, no estuviera

más pura bajo el lino. La guarece

ese mismo abandono que la ofrece

en la red de su sangre prisionera.

 

Y ese espasmo fugaz de la cadera

y esa curva del seno que se mece

con el vaivén del sueño y que parece

que una miel tibia y tácita lo hinchiera.

 

Y esa pulpa del labio que podría

nombrar un fruto con la voz callada

pues su propia dulzura lo diría.

 

Y esa sombra de ala aprisionada

que de sus muslos claros volaría

si fuese la doncella despertada.

 

II

 EL ESPEJO

 

Retrata el agua dura su indolencia

en la quietud sin peces ni sonidos;

y copian los arroyos detenidos

sus rodillas sin mancha de violencia.

 

Sumida en esa fácil transparencia,

ve sus frutos apenas florecidos,

y encima de su alma, endurecidos

por curva miel y cálida presencia.

 

Con un afán de olas, blandamente,

cada rayo de luz quiere primero

reflejarla en la estática corriente.

 

Y el pulso entre sus venas prisionero

desata su rumor y ella se siente

a la orilla de un río verdadero.

 

 III

 LA  MUERTE

 

 

Igual que por un ámbito cerrado

donde faltara el aire de repente

volaba una paloma por su frente

y por su sexo apenas sombreado.

 

Y por su vientre de cristal –curvado

como un vaso de lámpara-  caliente

el óleo de su sangre, dulcemente,

quedó de su blancura congelado.

 

Sus claras redondeces, abolidas,

bajo la tierra al paladar del suelo,

entregaron sus mieles escondidas.

 

Y alas y velas sin el amplio cielo

de su mirada azul, destituidas

fueron del aire y fueron de su vuelo.