Revista #22

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Indice

Editorial

Articulo

Editorial: La noche y otros animales o La poesía, jardín de las especies Pedro Alejo Gómez 7
Si los leones pudieran hablarLa poesía, jardín de las especiesLa metamorfosis de Kafka: Autobiografía o poesía?Esplendor y apocalipsis de la naturaleza en la poesía

Alberto Caeiro, poeta de la naturaleza

La poesía en La vorágine

Bestiario amoroso: los animales fantásticos en la poesía

Adolfo de Francisco Zea
Rubén Darío Flórez
Carlos Vásquez TamayoJuan Carlos Moyano Ortiz

Fernando Denis

12
27
4052

62

Lecturas de poemas sobre animalesPara celebrar los animales de HoracioPoemas sobre animalesConcurso nacional de poemas sobre animales
Poemas ganadores
Gustavo Adolfo GarcésHoracio BenavidesJorge Cadavid y Gustado Adolfo Garcés 757984
César Vallejo: ¿un hombre o una vanguardia?Piedra negra sobre piedra blancaCésar Vallejo y las miserias vanguardistasCésar Vallejo, acerca a nos vuestro caliz

112 días sólo un hombre: Vallejo tras las rejas

César Vallejo y la música popular peruana

César Vallejo y su creación poética

César VallejoJuan Manuel RocaJulio César RodríguezbustosCeledonio Orjuela
Juan Carlos Garay

Ricardo Silva-Santisteban

9798111134
144

151

María Mercedes Carranza
(1945-2003)Belisario Betancur y Patricia Lara reflexionan sobre dos poemas de María Mercedes Carranza- La patria- 18 de agosto de 1989
Belisario Betancur

Patricia Lara

196
198200
XVI Festival Internacional de Poesía de BogotáLectura de poetas mexicanos Eduardo Lizalde, Antonio Deltoro, Eduardo Langagne y José Ángel Leyva 209
Tres conferenciasPoetas del humor y de la guerra: La Gruta SimbólicaVida y poesía de Eduardo Cote LamusSergéi Esenin: “Hombre negro”: correspondencia cruzada Sonia Nadezhda Truque
Jaime García Maffla
Robinson Quintero Ossa
Jorge Bustamamente García
223
234
249
Tres lecturas de poemas”Sacrificiales” de Rómulo Bustos
PoemasAndrea Cote canciones a la busca de un arraigo
Poemas”Consumación de la belleza” de Marpia Clemencia Sánchez
Poemas
Ramón Cote Baraibar
Rómulo Bustos AguirreSantiago EspinosaAndrea Cote

Lucía Estrada
María Clemencia Sánchez

263
274281
Un poeta suizo en la Casa SilvaArmin Senser
Poemas de
Thomas Kupfer
Armin Senser
290
10 nuevos libros de la poesía colombianaAristizábal, Cortés y Londoño: garantías presentes de la poesía
PoemasEl placer del desahoro, de Luis Darío Bernal
PoemasBogotá, el libro de las horas de Eduardo Galindo Pérez
Poemas

Sombra embestida de Hernando Guerra
Poemas

Tristes caminamos la ciudad de Guido Arriaga
Poemas

El vino y la guerra de Rafael Escobar Guerrero
Poemas

Sur y norte en la poesía de Jader Rivera Monje
Poemas

Clemencia Tariffa, Ojo de la noche sobre cuartel
Poemas

Augusto PinillaAna Mercedes Vivas

 

Ana Mercedes Vivas

Ana Mercedes Vivas

Rodolfo Ramírez

Rodolfo Ramírez

Hernán Vargascarreño

 

Hernán Vargascarreño

296305 

308

 

311

313

 

316
319

 

324

Poesía y teatro
Liturgia poética para un difunto con cara de caballo. Preludio para una pieza de teatro sobre la vida y obra de Porfirio Barba Jacob
Humberto Dorado
Gloria Arias Nieto
Diego Vélez
Matías Maldonado
330
Apéndice Colaboradores, programación, publicaciones 362

LA NOCHE Y OTROS ANIMALES O LA POESÍA, JARDÍN DE LAS ESPECIES.

El epígrafe de este texto es un centauro.

Un día escribí un Tratado de alas conforme al cual los hombres aprendieron a pensar viendo a los pájaros volar. Una breve línea –“entonces los bosques eran duques y sus joyas eran ciervos”– da noticia de la antigüedad que consulté para escribirlo. Luego el texto figura que las formas de las letras corresponden a las que describe el vuelo de los pájaros, a sus grandes círculos, a sus retornos, a sus travesías. Los puntos son esos instantes en que, abandonado el trajín de las alas, flotan suspendidos en las corrientes del aire para contemplar todo lo que desde su gran altura alcanzan a divisar.

Tal vez las primeras ciudades de que el hombre tuvo noticia, mucho antes de emprender la construcción de las suyas, fueron los hormigueros y las colmenas. El pulcro orden de las milenarias ciudades de las hormigas y de las abejas sigue siendo un ejemplo. A veces pienso que los hombres son hormigas que aún no han aprendido. Ninguna forma hay distinta para dominar la naturaleza que obedecerla.

II

Tres días después de morir mi Abuelo duró su perro, echado al pie del sillón que acostumbraba para leer, guardando que regresara y como no volvía se fue a buscarlo. Yo pensaba entonces que la muerte era un territorio al que sólo un gran valor permitía aventurarse. Temía por él en esa travesía de la que nadie me daba una noticia clara, pero me consolaba pensando que su perro se había ido para defenderlo. Todavía sin saber que ni la vida ni la muerte son animales domésticos, pensaba que los hombres morían a voluntad cuando llegaba la hora y que sabían reconocerla. Un día para referirse a la muerte de un amigo, lo había oído decir con voz pensativa que le había llegado la hora que a todos nos llega.

Mi Abuelo era también amigo de un ratón. Por las noches, después de la comida, le llevaba las boronas que quedaban del pan. Yo, para hacerme aun más amigo, subía una rebanada entera, y, sentado en su sillón, repetía la ceremonia con las mismas palabras con que él llamaba al ratón pero nunca logré que se asomara como cuando estaba sólo con mi Abuelo. Después comprendí que él no le hablaba al ratón con palabras sino con paciencia y que los actos son palabras cuyo gobierno es más arduo.

III

Los animales imprevisibles que veía yo en los libros me daban para pensar que habitaban regiones donde todo, incluido el tiempo y la memoria, tenía otras costumbres. Entonces la noche y otros animales eran los emisarios de la sorpresa del mundo.

Pensaba que el universo era un animal y que su apetito desbordado era el tiempo que lo devora todo. Y que el pensamiento como los camaleones adopta la forma de las cosas. También creía que los camaleones vivían de espejos.

Por esa época, al llegar a la casa en que íbamos a pasar un  diciembre, mi hermano, todavía sin haber visto el mar, aterrado me preguntó cómo se llamaba el animal que sin parar hacía ese ruido ensordecedor.

Hoy los animales me recuerdan el misterio del mundo.

Con el tiempo entendí que los hombres miran con sus recuerdos más todavía que con sus ojos, y que, por ello, muchas veces, no pueden reconocer lo que ven.

Los misterios como los animales están a la vista. La costumbre impide verlos.

IV

Aun los más inhóspitos parajes de la imaginación están poblados de animales. Esos animales fantásticos están concebidos a imagen de las feroces regiones que habitan: sus costumbres las repiten.

No bastan las  descripciones de esos territorios. Sin esos animales que los pueblan e ilustran su descripción sería tan árida y seca como la de la muerte. Podría hablarse de sus vientos rojos, de sus tremendas tempestades de mercurio pero sin animales su soledad sería intolerable y un tedio sin tregua ni confines sería la sola manera de dar cuenta de su medida.

 No hay animales en la muerte. Eso la hace más feroz.

 Nunca he dudado de la existencia de los animales fantásticos. La historia da prueba contundente de ellos. La noticia de ciertos monstruos marinos fue la forma de proteger de otras naciones las rutas de navegación recién descubiertas.

V

El primer intento del hombre para entender el firmamento fue poblarlo de animales. Entonces el árido cielo fue más hospitalario. Todavía duran su león milenario, su más poderoso toro, su colosal escorpión, su pez suspendido en las aguas de la noche.

VI

 Un día, a dos rublos la entrada, vi, embozalado a un oso pardo de los Urales calzado con patines, hacer en la pista gracias azules de bailarina triste con la música de El lago de los cisnes. El domador, de levita y  pantalones blancos de jinete, alzaba hacia el público un cubilo y el látigo y, amaestrado por los aplausos delirantes, hacía lentas venías y señalaba a la fiera con el gesto refinado de un director de orquesta que convoca al escenario a la más bella cantante.

 Y vi hace un siglo en la historia del circo Barnum a Julia Pastrana, la mujer peluda como un simio que hablaba como los loros con palabras de hombres y contaba cosas de hipopótamos y amores de equilibristas y tomaba el té en tazas de porcelana de China y comía galletas inglesas de mantequilla como las señoras de Piccadilly, y dormía encerrada en su vagón con candado de bestia parlante. A tres dólares el tiquete. Un precio ridículo, señores, para un recuerdo sin salida.

 Las pesadillas también pueden verse en vivo.

 Nunca he visto un león. He visto fantasmas de leones en cautiverio caminando de un lado para otro en las jaulas sin sosiego de la tristeza, sentenciados para siempre por el hecho sin culpa de haber nacido leones.

 En los zoológicos hay águilas sin cielo, ciervos sin praderas, osos antárticos en veranos capaces de marchitar los recuerdos más verdes. Pienso que en su puerta de entrada debería decir “aquí yacen animales vivos”.

 Llevo siempre conmigo, escrita en el corazón, una línea de un poema de Eduardo Cote Lamus: “El cuerpo es manso, duerme. Tenemos que purificar el alma, amigos.”

VII

“Si no existieran animales la naturaleza del hombre sería todavía más incomprensible”, dice uno de los 44 asombrados tomos de la Historia Natural de George Louis Leclerc, un naturalista que, a pesar de no haber jamás escrito un solo verso, fue considerado por varios de sus contemporáneos, con razón, como uno de los grandes poetas franceses del siglo XVIII.

 “Las teorías pasan la rana queda”, declaró Jean Rostand en sus Apuntes de un biólogo.

 Al cabo estas son las palabras de un mamífero que habla a otros.

PEDRO ALEJO GÓMEZ

Octubre 30 de 2008

LA  POESIA EN LA VORÁGINE

 

José Eustasio Rivera es un referente insoslayable en el panorama de la literatura latinoamericana. Su aporte trasciende la escritura y se incorpora a las magnitudes del imaginario colectivo, algo excepcional en medio del olvido constante que nos caracteriza. En el siglo veintiuno La vorágine sigue siendo reveladora y sus personajes forman parte de una historia que bien podría suceder en nuestros días y que nos habla de  un país acostumbrado a los despropósitos del amor y la demencia, en medio de la incertidumbre. La vorágine y Cien años de soledad, nos delatan como habitantes de territorios regidos por la magia y la tragedia. García Márquez se involucra con el espíritu caribeño y el poeta huilense lo hace desarrollando la fuga de Arturo Cova y Alicia a través de las llanuras orientales y luego por el intrincado laberinto de la selva. En ambas narraciones Bogotá es una referencia límite, en los mapas literarios, a partir de situaciones relacionadas con personajes femeninos, Alicia y Fernanda del Carpio, dos jóvenes bogotanas de familias venidas a menos. Son varias las coincidencias de estas novelas emblemáticas de la literatura colombiana, que parecen mostrar partes de un rompecabezas que deja ver semejanzas y diferencias en la composición de un país que se complementa y se contrapone entre rasgos culturales diversos y el factor común de la violencia.

Rivera es ante todo un poeta que emerge de la metáfora, de la matriz de la palabra, dotado de una sensibilidad que le permite compenetrarse con la esencia de los ambientes naturales y con las fibras sutiles de los seres humanos. Es un poeta de troncos y raíces, de fragancias de monte y palpitaciones salvajes. Su prosa es caudalosa, febril, abarca aspectos que están más allá de lo descriptivo. Su aliento poético evoca, recrea, produce nuevos significados en las visiones del lector y trasmite niveles emotivos que dejan vislumbrar lugares insospechados y mundos personales abatidos por los vendavales del destino, como en la tragedia clásica, donde la existencia está expuesta a los rumbos de lo inevitable. Sin lugar a dudas José Eustasio Rivera no es un escritor citadino pero tampoco es un autor provinciano. En La vorágine, ironiza la condición veleidosa de los vates de ciudad y elogia la sustancia, la acción, el encuentro con la naturaleza. Es un poeta de fuertes acentos pasionales, con un voltaje narrativo torrentoso, hibrido, que no se detiene en el costumbrismo pintoresco, a la usanza de Tomas Carrasquilla. Rivera despliega una mirada telúrica y se nutre del léxico y la rítmica de los regionalismos para generar una poética delirante, fértil en imágenes de vigorosa musicalidad.

En la prosa de Rivera resuenan los vientos, las tempestades, los cascos de los caballos, el rumor de los pajonales, el fuego crepitante, el follaje de la selva, las voces de los ríos misteriosos, las blasfemias, los quejidos de pasión y sufrimiento, los cantos atávicos y los silencios insondables; resuenan los ecos de la sangre, la circulación de la savia en los ramajes, los pasos de noches fantasmales, la lengua del látigo y el estrépito de los disparos, teniendo como fondo una sinfonía de insectos y de aves. Entre pasajes épicos y circunstancias trágicas la historia de Arturo Cova y Alicia bordea el melodrama y juega con los ingredientes de la aventura. Pero lejos del folletín, se acerca a la crónica y al drama y propone personajes caracterizados de manera compleja, trazando perfiles psicológicos hábilmente diseñados por un autor que, gracias a su aguda visión, resulta gran retratista de caracteres y excelente pintor de paisajes. Muchas veces, leyendo la novela es posible imaginarse una película. Hay algo de “cinematográfico” en la poética narrativa de Rivera: la acción dramática, los personajes al borde del remolino, las secuencias de imágenes contundentes que brotan de cada página.

 El primer libro de Rivera, Tierra de promisión,  permite percibir un poeta aplicado, capaz de expresarse con estructuradas versificaciones, acordes con las reglas del soneto. Un parnasianismo tardío, dijeron algunos, con ambigüedades estilísticas donde se aparean los rastros del romanticismo, la épica costumbrista, un modernismo criollo asociado con una especie de neoclasicismo decimonónico. Algo propio de un ambiente parroquial regido por el agro, la nación conservadora y los contrastes de un progreso incompleto palpable, precisamente, en los frutos de la cultura. En ese momento su escritura suena desfasada en el tiempo: en los albores del siglo XX, con la industria despuntando, entre el desenfado de lo nuevo y las rupturas vanguardistas, aparece un poeta que le canta a la selva, a la montaña, a la llanura, a los potros, a los pájaros, a los ríos, a los elementos. “Un hijo del monte”, “un grávido río”, un bardo que dialoga con las fuerzas naturales y encuentra símiles que identifican las emociones con latitudes verbales ricas en colores, en sonidos, en los signos penetrantes de la poesía, donde lo indescifrable es nombrado.  Si pensamos en las Tergiversaciones de León de Greiff o en   Suenan Timbres de Luis Vidales, tal vez entendamos cierta anacronía estilística que formaba parte de esa especie de limbo poético en el que se había movido nuestro poeta. Sin lugar a dudas estaba contra la corriente y escribía de una manera que no hallaba concomitancia con la estética de los tradicionalistas de la generación del centenario y se mostraba lejana de los temerarios exponentes de la generación de los nuevos.

 El poeta Carlos Fajardo plantea que Rivera es un escritor-umbral, que se sitúa en un punto de la literatura colombiana que permite ver con claridad los rumbos y los ciclos que convergen en las primeras dos décadas del siglo veinte. Es inevitable la pugna entre los intereses de un pasado que se resiste a perder sus privilegios y las perspectivas de cambios que sobrevienen con la arremetida de los mercados internacionales y el poderío de centros financieros que determinan los esquemas productivos de naciones subalternas. En ese contexto, Rivera oscila entre las épocas y lo estremecen las convulsiones de una historia de guerras civiles, injusticias e impunidades. Lector de D´annunzio, Zorrilla, Espronceda, Unamuno, Ibsen y Dante, a través de La divina comedia, en la versión de Miguel Antonio Caro. Tenía afecto por los románticos hispanos y admiraba los versos tormentosos de Rafael Pombo, los que ya casi nadie lee y por los cuales no suelen recordarlo. Su formación como abogado, el carácter introspectivo, la mentalidad del hombre vigoroso que elogiaba la aventura de vivir y su inclinación humanística, lo situaron como un intelectual cuya honestidad le impidió manejar mejores posiciones en la jerarquía de las figuras públicas. El novelista Óscar Collazos deduce que La vorágine cierra un prolongado trayecto de la literatura del siglo diecinueve y reúne las expectativas que se avizoraban en la perspectiva de la historia literaria del siglo veinte, en los países de América Latina, mezcla de mundos, suma de opciones, decantación turbia de tradiciones y rupturas.

 Nacido en al provincia profunda, al sur, cerca a Neiva, en San Mateo —hoy Rivera—, el escritor tenía una rama de su familia con ascendientes políticos y militares y él mismo fue nombrado parlamentario por el partido conservador. Sin embargo, su pensamiento y sus posiciones críticas frente a la entrega oficial del Canal de Panamá o al tema de fronteras, donde los gobiernos colombianos habían sido ineficientes, presentan la personalidad de un liberal romántico que pretendió desarrollar alegatos de dignidad nacional en una cámara de representantes donde predominan las artimañas y los intereses creados. Ni el clero, ni los notables de su región, ni el Ministro de Guerra estuvieron de acuerdo con Rivera, cuya vida política fue realmente efímera. En 1926 declaró, en una entrevista aparecida en Lecturas Dominicales, que de la política sólo había sacado “el conocimiento de los hombres, de sus miserias”. Abogado graduado en la Universidad Nacional no tuvo relevancia en sus litigios y tal vez por eso el derecho  más bien le sirvió de mecanismo para lograr las vivencias que alimentaron su literatura, cuando viajó a los Llanos Orientales ejerciendo la profesión o cuando siendo parte de una comisión de fronteras pudo conocer los ríos de la selva y las huellas de otras culturas.

No es en los sonetos de Tierra de Promisión donde brilla como poeta, así como no es el autor dramático el que sobresale en la obra de teatro Juan Gil: es en La vorágine donde se acrecienta el poeta y se evidencia el trágico que subyace en el novelista. Sin pensarlo quizá, cuando escribió la novela, estaba logrando un desafío, frente al concepto de lo poético y lo narrativo. Sin lugar a dudas es un libro que se erige en el origen de una novelística con recursos expresivos llamados a renovar la literatura latinoamericana. Los de abajo, La Vorágine, Don Segundo Sombra y Doña Bárbara son novelas que hablan de manera manifiesta de problemáticas que atañen a la pertenencia de un continente que comenzaba a mirarse a si mismo. La diferencia con La Vorágine es el voltaje que alcanza el lenguaje y el sobrio atrevimiento para trasgredir las estructuras convencionales del relato de realismo lineal. El gran escritor Uruguayo Horacio Quiroga, conmovido por su lectura, se atrevió a decir que La vorágine era el libro más trascendental que se había publicado. Se refería al escritor colombiano como a un poeta y lo subrayaba ex profeso, señalando que La vorágine, por encima de sus grandes calidades novelísticas, era “un inmenso poema épico”.  Por otro lado, el investigador Luis Carlos Herrera hace notar que Rivera realiza el aconteciendo de mayor importancia en la literatura latinoamericana del siglo veinte: “sin los elementos propios del verso da a la prosa el clima y la tensión propia de la poesía”.

En la primera edición de La Vorágine sobresalen persistentes endecasílabos y alejandrinos, adheridos a la prosa, como esquemas recurrentes que no permiten el curso de la fluidez narrativa. Rivera, con la ayuda de amigos, como Miguel Rash Isla o el poeta Rafael Maya, revisa el texto y “descabeza” las acechanzas métricas de frases que tienden a sonar como versos. Luis Eduardo Nieto Caballero, en un pormenorizado artículo publicado en El Gráfico, a finales de 1924, se viene lanza en ristre contra la principal debilidad de la novela: “Tiene un defecto este libro: se ve al poeta que está escribiendo prosa sin poder escapar a la obsesión tiránica del ritmo”. Es un problema técnico, afectado por el ejercicio del escritor apegado a la métrica del verso y acostumbrado al molde del soneto. A Rivera le sobra el ímpetu del poeta de respiración fogosa y le falta el oficio sostenido del prosista. Enfrenta la dificultad y depura la novela. Lo poético de la narración no es la versificación latente, los ritmos entrecortados y las rimas innecesarias. La poesía está en el vuelo del lenguaje, en la fuerza de las imágenes, en las evocaciones conmovedoras que el escritor logra con el uso de la palabra. La transmite como parte de la novela, mediante el rol del protagonista, el poeta Arturo Cova, eje y pretexto del relato, personaje contradictorio, cronista de su propia aventura y de las realidades que descubre en el camino complicado de una fuga que se transforma en persecución obsesiva y en la búsqueda del más doloroso destino: sino fatal,  signo irreversible,  camino que conduce a los círculos de un infierno donde se extravían los rastros de la terca existencia. Entonces, las frases excitadas y las ideas de Cova, quedan plasmadas, al rojo vivo, adoptando el furor del poeta. Seguramente, José Eustasio se identifica y a la vez se diferencia del personaje, para crear un nivel de distancia, sin dejar de mostrar los impulsos de su propia personalidad. Rivera, con habilidad oficiosa, logra que realidad y ficción constituyan una tercera orilla, por cuyo cause sutil se desenvuelve la trama de la novela.

No todos los críticos de La vorágine apreciaron su importancia. Baldomero Sanín Cano opina sin indulgencias y “exalta” el libro de Rivera como relato de costumbres, de la naturaleza y de la vida animal, pero lo merma como novela y le acusa un estado de languidez y dispersión en el hilo conductor de la historia narrada. Sin embargo, el mismo Sanin Cano reconocía la “rica onda de emoción lírica en que están bañadas sus mejores páginas”. Frente al espíritu poético de Rivera no hay discusión y su realización literaria es vista con fuertes controversias de extremas valoraciones. Hay críticos encarnizados que exigen una estructura convencional ante un texto que se desborda como los ríos amazónicos y que envuelve a los personajes en el remolino de una historia contada desde varios puntos de vista, incluyendo el del propio autor, que se permite licencias que funden su voz con los pensamientos de los personajes. Aspectos que años atrás podían pertenecer a las categorías relativas de lo incorrecto y que décadas más tarde pueden ser rescatadas como posibilidades que auguran las transgresiones inimaginables de la postmodernidad. Ahora, cuando hay una vasta perspectiva de la narrativa latinoamericana, que se ha cualificado en proporciones extraordinarias y que presenta un cúmulo considerable de variantes estilísticas, como expresión de un continente acrisolado que ha germinado desde sus parajes entrañables, se puede analizar la importancia de una novela que desde su nacimiento se volvió paradigma de las grandes novelas de la selva.

Lo cierto es que Rivera no puede prescindir de la pulsación interna de un lenguaje que rompe el dique de la lógica prosaica y se estremece con el furor portentoso de las acciones relatadas. El ritmo de la palabra permite sentir de manera vivida la relación entre el escritor y lo narrado. En ese sentido, la poesía se vuelve el ánima palpitante de la narración misma y emerge la hipérbole, la exuberancia, lo cromático, las compulsiones del paisaje y las percepciones del poeta, que son la materia primordial para entretejer los tupidos senderos de la dinámica intravenosa del relato, que se desliza entre la ficción, la crónica, la denuncia y la realidad, todo cohesionado por la poética de un autor que supo reunir atributos y defectos para escribir una obra imperecedera, de memoria profusa y estructura polifónica, como lo argumenta Rafael Humberto Moreno Durán, que comprendió los desórdenes y las dispersiones de La vorágine como elementos de una partitura de timbres múltiples y acordes que giran en el vórtice de una estructura casi imperceptible, que va ligando los pasajes y las anécdotas con las conciencias y los sentimientos de los personajes, que rápidamente giran en torno a la voracidad de la manigua, para ser succionados por la fuerza letal del fatum selvático. Cova, Alicia, el hijo de ambos y los amigos cercanos, son devorados por la selva, sin espacio para la esperanza.

Arturo Cova posee la noción romántica del héroe fallido, encarna la parábola del viajero y del fugitivo que cae en la trampa de sus propios espejismos. Es probable que Rivera no conociera directamente la poesía de los simbolistas e ignoramos si supo de la vida y pasión de Arturo Rimbaud, pero su personaje no escapa al derrotero maldito del traficante de Abisinia y lleva el mismo nombre del enfant de Charleville. La virtud del escritor le agrega al personaje la carnadura genuina: insensatez, carácter vulnerable, la fantasía del heroísmo, los conflictos interiores, las bajas pasiones, las minucias de la psiquis y las palabras de poeta, que lo humanizan y lo acercan a la indefensión del que no puede con sus fantasmas y apenas logra rehacerse gracias a la confianza en lo poético. Arturo Cova está enfermo y sin que medie su temperamento corajudo, se hunde en el fracaso, atacado por fiebres tropicales, delirante, aprisionado en el infierno dantesco.

Rivera es un hábil estratega del relato y los lectores terminan familiarizados con los personajes y sus desdichas. Hay quienes dicen, en las regiones del Orinoco o del Vichada, que alguna vez escucharon a Clemente Silva contando la historia del poeta que se había extraviado para siempre en el último círculo de la vorágine. También se comenta que Arturo y Alicia habían echado raíces en el alto Inírida. Hay personas que no han leído la novela pero han escuchado la historia y se refieren a la Indiecita Mapiripana como entidad mágica que puede transmitir  maleficios a quienes destruyen la selva. La Vorágine tiene personajes inmortales, incrustados en la tradición oral. Además, es un texto que no pierde vigencia y las atrocidades que revela siguen repitiéndose en el corazón del Amazonas: genocidios, devastación de la naturaleza y lucha sangrienta por el oro blanco. (Oro blanco era el nombre que le daban al látex  y ahora lo usan para referirse a la cocaína). Por otro lado, sin La vorágine como referencia estaría incompleta la gran saga de la novela latinoamericana. Sin duda, La vorágine es un hito que marcó cierto perfil en la concepción de la narrativa. Luego vendrían novelas ejemplares como Macunaima, Los pasos perdidos, Los ríos profundos, La casa verde y la enorme lista de grandes obras que actualmente constituyen el memorable caudal novelístico de Latinoamérica.

Rivera es un poeta conectado con lo social y con la naturaleza y sin necesidad del discurso ideológico permite redescubrir un momento histórico que, de otra manera, aún permanecería en la fosa común de la amnesia nacional. Cuando el general Reyes entregó buena parte de la Amazonía para la explotación cauchera, consideraba que estaba haciendo algo por un territorio incivilizado e inoficioso. Pero los beneficiados fueron su propio hermano, su familia y reconocidos empresarios asociados con multinacionales interesadas en responder a la gran demanda internacional de caucho. Los decretos fueron acomodados a los intereses económicos y el poder ciego, incapaz de calcular la importancia verdadera de la selva, prefirió las mezquinas prebendas y emitió patentes de corso que permitieron que extranjeros y colombianos bien relacionados con las autoridades, impusieran la violencia y las leyes de la muerte, atentando contra los indígenas y los colonos pobres, practicando la esclavitud y destruyendo la flora y la fauna sin responsabilidad alguna. Esta etapa vergonzosa de la historia sigue en la impunidad y todavía no se ha resarcido a las comunidades indígenas que fueron sometidas al exterminio casi definitivo y que lograron sobreponerse a todas las bonanzas. En ese sentido, Rivera condensa memoria acerca de la barbarie en las caucherías e integra asuntos históricos a la ficción literaria, como hace García Márquez en Cien Años de Soledad con la masacre de las bananeras y con las guerras civiles de coroneles que terminan atacando lo que antes defendieron.

Pocos autores han conseguido una relación tan fuerte con la naturaleza. El verbo de Rivera le concede aliento a la magia de los gigantes arbóreos y a la red de serpientes fluviales que surcan la música de la espesura. Las presencias míticas, las supersticiones, la percepción enfebrecida, los sueños que le permiten a la realidad coexistir con los devaneos oníricos. Y junto a esto, el escritor que había escuchado bien a los peones y a la gente común y portaba el conocimiento de una oralidad generosa en vocablos y decires salpimentados con sabiduría popular. Sus contemporáneos prefirieron las elucubraciones retóricas, mientras añoraban los ámbitos londinenses y las tertulias de los salones parisinos. Quizá por eso Rivera no lograba compenetrarse con la fauna intelectual de una ciudad  aldeana, a principios del siglo veinte, con ínfulas de metrópoli greco-santafereña.

Después de viajar a La Habana, presidiendo una legación oficial a un congreso de emigración e inmigración, decide trasladarse a Nueva York, donde se instala y funda la editorial Andes, con el ánimo de difundir la literatura latinoamericana. Alcanza a publicar la última edición de La vorágine y envía dos ejemplares con el piloto del primer vuelo Nueva York-Bogotá: uno para el presidente de la república y otro para la biblioteca nacional. Es un hombre todavía joven, lleno de planes. Trabaja en una nueva novela: “La mancha negra”, donde trata ciertos asuntos relacionados con el petróleo. Comentó a sus amigos que era un tema con tono de denuncia, que podría levantar ampollas en las altas esferas del gobierno y en los intereses de multinacionales acostumbradas a negociar recursos naturales de manera ventajosa y colonialista. Sin embargo, antes de terminar la novela, José Eustasio Rivera muere, a los 40 años, el 1 de diciembre de 1928, en un Hospital de Nueva York, de una manera que nunca se esclareció médicamente. No aparecieron los resultados de la autopsia y un cierto suspicaz misterio quedó flotando en el ambiente. El cuerpo diplomático de Colombia reaccionó de manera tardía y varias semanas después el poeta, embalsamado y cianótico, fue despachado en un barco de la tristemente célebre United Fruit Company, rumbo a Barranquilla, según escribe Isaías Peña Gutiérrez, donde interpretaron retretas fúnebres en su memoria, antes de trasladar el féretro a un vapor que remontó las aguas del río grande de la Magdalena. La gente salía a la Rivera a despedir con pañuelos blancos a José Eustasio, ese hombre que fue un río caudaloso en la fecunda topografía de la literatura colombiana. 38 días después de fallecido, sus despojos llegaron por tren a la Estación de la Sabana, en Bogotá. Le rindieron honores en el Capitolio y fue sepultado entre las tumbas ilustres del cementerio central, el 7 de Enero de 1929. La vorágine es cicatriz profunda, rasgo de identidad, historia inolvidable. Su dimensión poética ha logrado permear los pasos del tiempo y en el siglo veintiuno sigue siendo una novela imprescindible que nos habla de nosotros mismos.

JUAN CARLOS MOYANO ORTIZ