Jorge Isaacs

Jorge Isaacs

Cali, República de la Nueva Granada, abril 1 de 1837 – Ibagué, abril 17 de 1895

A   CALI

 

Cali, ciudad de las añosas palmas,

do se mece intranquilo el aquilón,

te has dormido al arrullo de las aguas

que dan a tus campiñas su verdor;

 

¡ay! te has dormido, de llorar cansada,

y tienes en tu sueño por cojín

estas colinas, horas solitarias,

do huyeron tardes de mi edad feliz.

 

¡Mucho lloraste…! En el extraño suelo

amargo llanto derramé también;

y soy donde nací casi extranjero,

si me niegas tu abrigo ¿dónde iré?

 

¿En dónde, en dónde encontrarán mis ojos

de tu hondo valle el horizonte azul,

tus bosques de perfumes misteriosos,

tu limpio cielo, de tu sol la luz?

 

¿Dónde el recuerdo de las leves horas

que engalanaba para mí el amor,

si sólo de tus noches a la sombra

se encuentra mi angustiado corazón?

 

Soles quemantes, cuya luz doraba

los lagos de la pampa en el confín;

y más allá las cumbres azuladas,

y aún más lejos cielos de turquí.

 

¿Acaso nunca volveré a encontraros

como en mi ardiente adolescencia ya?

Tristes como el que miro en el ocaso,

cuántos mis ojos descender verán…

……………………………………………………

 

Tarde a tus hijos sollozante llamas,

desierta te contemplo desde aquí,

y en ruinas los hogares que abrigaban

a un pueblo noble, intrépido y feliz.

 

Y te he mirado en las sangrientas lides

lanzándote al combate en tu furor,

limpiar tu alfanje en las nevadas crines

de tu corcel, rival del aquilón;

 

vibraba, cual del rayo el estampido,

tu voz en el estruendo de la lid,

ahogando, cual de débil caramillo

el belicoso acento del clarín;

 

siempre el ijar el acicate hiriendo,

daba tu casco deslumbrante luz;

sobre él rizaba tu pendón el viento…

¡nadie a herir se atrevió do heriste tú!

…………………………………………………..

 

Te vuelvo a ver doliente, abandonada,

tus lauros destrozados a tus pies;

dormida empuñas las melladas armas,

y aun ciñe el yelmo tu abatida sien.

 

Tus campos de batalla he recorrido,

que atraviesa medroso el labrador

cuando lanza sus rayos mortecinos

desde las cumbres de occidente el sol.

 

De tus guerreros visité las tumbas…

Sobre esas breñas a rodar aún

va el buitre hambriento que osamentas busca.

Héroes sin gloria… ¡Túmulos sin cruz!

 

Julio de 1864

 

 ¿SOLO AMISTAD?

 

A la eterna amistad que así me juras,

tu desdén y tu olvido yo prefiero;

¿sólo amistad tus ojos me ofrecían?

¿sólo amistad mis labios te pidieron?

 

De tu perjurio, en pago mi perjurio,

de tu cobarde amor, mi amor en premio

demandas hoy, ¡ahora que arrancarte

de mi humillado corazón no puedo!

 

Si no he soñado que te amé y me amaste,

si esa felicidad no ha sido un sueño

y nuestro amor fue crimen… ese crimen

a mi vida te unió con lazo eterno.

 

Cuando a la luz del arrebol dorado,

de la verde ribera en los oteros

silvestres flores para mi cogías

con que adornaba yo tus bucles negros;

 

cuando en la cima del peñón, el río

a nuestros pies rodando turbulento,

libre como las aves que cruzaban

el horizonte azul con tardo vuelo,

 

te oprimí temblorosa entre mis brazos

y enjugaron tus lágrimas mis besos…

¿Sólo amistad entonces me ofrecías?

¿Sólo amistad mis  labios te pidieron?

 

LA MAÑANA DEL ABUELO

 

Feliz quien ve las horas

de su vejez tranquila

pasar acariciando

su prole bendecida;

quien al campo nativo

do el lento buey aún guía,

pide a un césped tan sólo

¡que cubra sus cenizas!

Cuando el sol en oriente

las cumbres cristalinas

de las montañas dora

y argenta la campiña,

el venerable anciano

de la heredad vecina

con trabajo recorre.

las alfombradas ribas.

Sentado sobre el tronco

do su cansancio alivia,

algún recuerdo grato

parece que acaricia.

Gozosa le acompaña

su nieta preferida,

llenando sus vestidos

de azules batatillas.

-¡Ay! ¡mira, papá, cuántas!

¡Azules todas, mira!

Para mamá las tuyas,

para el altar las mías.

-¿Y tú rezaste anoche?

-Si me quedé dormida

oyendo un cuento!… Dime,

¿se ve el mar de allá arriba?

-Detrás de aquellas sierras

el mar está, hija mía.

-Eso es: allí es que se hallan

aquellas cosas lindas.

 

-¿Qué cosas? –Pues corales

y perlas igualitas

como esas de que tiene

mamá una gargantilla.

-¿Te gustan los corales?

-El cuento es que una niña

que se llamaba… ¿Cómo?

Di tú que se me olvida.

-¿Qué cuidaba los pobres?

-Esa es, sí, sí: la misma,

en su palacio de oro

del mar en las orillas.

 

El venturoso abuelo

escucha con delicia

los sueños infantiles

de la preciosa niña.

Allí también pasaron

de su niñez los días

y pasan los postreros

de su vejez tranquila.

 

1860

 

LA VUELTA DE LA PALOMA

 

Paloma que di a la aldeana

que se goza en mi martirio,

pronto vuelves a posarte

sobre mi techo pajizo.

 

Triste vuelves, que tu arrullo

de dolor es claro indicio.

Ven y llora junto a mí,

que así lloraré contigo.

 

Ven y cuéntame tus penas

y causa de su desvío;

ven y pósate en mis hombros,

que aun desdeñada te envidio.

 

El perfume de sus manos

traerá tu plumaje lindo,

o bajo el ala de nieve

de sus cabellos un rizo.

 

¿Te ha guardado en su regazo

de los rigores del frío?

¿Sobre su seno turgente

insensible habrás dormido?

 

Tu sabes cuán deliciosos

son sus labios purpurinos,

porque acaso muchas veces

aprisionaron tu pico.

 

Paloma, vuélvete a ir

a contarle cómo vivo

en las ásperas montañas

por su sombra perseguido;

 

que he formado para ella

de bellísimas y mirtos

una gruta en que las flores

que más le agradan cultivo;

 

que aquí el bosque es silencioso,

puro el cielo, manso el río,

embriagadoras las auras

y los lagos cristalinos;

 

que cuando la luna baña

los follajes movedizos,

oigo su voz en el viento

y en las sombras su suspiro.

¡Ay! si tardas, cuando vuelvas

harás de tu amor el nido

en el soto de cipreses

do cavo el sepulcro mío.

 

Pero antes deja a mi boca

besar tu rosado pico,

y haz que pronto ella lo oprima

con sus labios purpurinos.

1861