Víctor Manuel Londoño

Víctor M. Londoño

Vianí, Cundinamarca, 1876 -Bogotá 1936

UN CRIMEN DE AMOR

El oculto rincón de una cabaña
Fue su cuna de virgen; la montaña,
Su magnífico trono de mujer;
Ignorada al amor, vino a mis brazos;
Y a mis besos cayeron en pedazos
Las lozanas corolas de su sien.

Por traidoras promesas halagada,
Inocente, sensible, enamorada,
Divisó tras mi sombra el porvenir.
Entregó su inocencia y su destino
Al capricho fugaz de un libertino,
Y no sabe ni odiar ni maldecir.

Tú que adulas no más a los felices,
Mundo infame que oprobias y maldices
Al que rueda en el fango del amor,
¿Dónde ocultas la escarpia del vencido,
Dónde ocultas las sombras, el olvido,
Dónde pueda gemir el vencedor?

Oye, al menos, la historia de ternura:
Cuánto vale al humano la ventura
De llamarse infeliz y criminal:
Hay relatos de amor que aun a ti mismo
Podrán avergonzar del egoísmo,
Y al malévolo labio refrenar…

El fastidio llevóme a la montaña,
Acerquéme al umbral de la cabaña:
Cuan humilde, cuan limpia en su interior!
El ambiente de paz y de sosiego,
El sustento abundante, vivo el fuego,
Y una niña de hechizo tentador…

Sorprendíla un momento; pero amable
Ofrecióme un asiento y cuanto es dable
A una rústica joven ofrecer.
Elogié su belleza; indiferente
Apartó los cabellos de la frente
Y se puso de nuevo a su quehacer.

Insistieron mis ojos y mi boca;
El instinto curioso que provoca,
En su labio risueño interrogó.
Disipé sus temores como el niño,
Y pinté en el idioma del cariño
Las más bellas mentiras del amor…

Ya pasó los umbrales. ¡Soy su dueño!…
Mas se arroja en la grama sobre el leño
Que por mayo de flores se adornó:
“Santa Virgen del Cielo, madre amada,
Si aborreces a la hija infortunada
Quiere tanto a mi madre como yo!…”

REDENCIÓN

Amaste mucho, pobre Magdalena,
Y te queda de amar hiel y sonrojos;
No es suficiente el llanto de tus ojos
Para borrar el rastro de tu pena.

El mismo que te mancha te condena;
Y en su ruta de males y de enojos
Ni siquiera recoge los despojos
De la mujer enamorada y buena.

¿En el camino de la vida, acaso
No hay veredas oscuras, donde el bueno
No siempre puede detener el paso?

No te acobarde olvido y desventura;
Mañana un ángel bajará a tu seno
Y el ángel de tu seno te hará pura.

ADIÓS

Parto mañana, cariñoso amigo;
Y aunque mi pobre corazón ha muerto,
Siento dejar el sosegado puerto
Que me prestó desde la infancia abrigo.

Eso que lleva viajador mendigo
Que va a cruzar el arenal desierto:
Duda y pesar, en mi camino incierto
Desde mañana llevaré conmigo.

De aquesta tierra, donde tiene un culto
Mi corazón, como perfume agreste
Guardo un fragmento de esperanza oculto;

Y tú, que pronto me verás lejano,
Deja que un nombre a la ternura preste
Y adiós te diga con amor de hermano.

 

A JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

 

Tú, predilecto de los dioses, viste,

serena el alma y con esquivos ojos,

la fértil rama de laurel, los rojos

mirtos robados al amor. Naciste

para llevar sobre la frente rosas

de aroma extraño y de misterio llenas;

para besar las sienes de las diosas

bajo los sacros pórticos de Atenas.

A tu velado mirador, envuelto

en vaga red de hiedras tembladoras,

gala del rojo cortinaje suelto,

viste llegar en las dormidas horas

en que al reír de alborotado coro

furtiva nota en los espacios yerra,

musa gentil, cuya sandalia de oro

apenas rasa el polvo de la tierra.

Más la guirnalda que tejió su mano

pobre la hallaste y sin matices; vano

fue su esplendor de juventud, que grata

solo te fuera la corola inerte

en cuyos albos pétalos desata

soplo de aroma arrobador la muerte.

Solo esa extraña viajadora esquiva,

de frente blanca y de pupilas graves,

que el sueño infunde con sus labios suaves

y ama a la hermosa juventud altiva,

marcó tu asilo con su pie liviano;

y cabe el lecho, en el pesado muro,

vino a colgar con sigilosa mano

su leve manto de crespón oscuro.

Regó en tu pecho sus guedejas blondas,

como sumida en amoroso dejo;

bañado el rostro en límpido reflejo

bajo el albor de sus miradas hondas.

-¡Por qué la noche, le dijiste, tarda?

Es para ti mi juventud gallarda,

mi pecho esquivo a los amantes lazos.

Ya no ambiciona mi apolínea frente

fácil lisonja de caricia ardiente;

quiero dormir bajo la paz del cielo,

pero dormir en tus mullidos brazos,

libre de insomnio, en tálamo de hielo.