María Mercedes Carranza

María Mercedes Carranza

Bogotá, 24 de mayo de 1945-11 de julio de 2003

AQUÍ ENTRE NOS

 

Un día escribiré mis memorias, ¿quién

que se irrespete no lo hace? Y

allí estará todo. Estará el esmalte

de las uñas revuelto

con Pavese y Pavese con las agujas y

una que otra cuenta de mercado. Donde

debieran estar los pensamientos

sublimes pintaré

tus labios a punto de decirme

buenos días todos los días. Donde

haya que anotar lo más importante

recordaré un almuerzo

cualquiera llegando al corazón

de una alcachofa, hoja a hoja.

Y de resto,

llenaré las páginas que me falten

con esa memoria que me espera entre cirios,

muchas flores y descanse en paz.

 

 

EL SILENCIO

 

-parece verde

– es verde

-¿es verde?

-sí, es verde

-verde

-¿te gusta el verde?

-me gusta el verde

-¿cualquier verde?

-no, el verde solamente

-¿por qué el verde?

-porque es verde

-¿y si no fuera verde?

-no, sólo me gusta el verde

-¿sólo el verde entonces?

-sí, sólo el verde

-es lindo el verde

-sí, el verde es lindo

-claro, el verde

-sí, el verde.

 

 

TENGO MIEDO

Todo desaparece ante el miedo. El miedo, Cesonia;

ese bello sentimiento, sin aleación, puro y desinteresado;

uno de los pocos que saca su nobleza del vientre.

                                        Albert Camus (“Calígula”)

 

Miradme: en mí habita el miedo.

Tras estos ojos serenos, en este cuerpo que ama: el

[miedo.

El miedo al amanecer porque inevitable el sol saldrá y

[he de verlo,

cuando atardece porque puede no salir mañana.

Vigilo los ruidos misteriosos de esta casa que se

[derrumba,

Ya los fantasmas, las sombras me cercan y tengo miedo.

Procuro dormir con la luz encendida

y me hago como puedo a lanzas, corazas, ilusiones.

Pero basta quizás sólo una mancha en el mantel

para que de nuevo se adueñe de mí el espanto.

Nada me calma ni sosiega:

ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,

ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto.

Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo.

 

EL OFICIO DE VIVIR

 

He aquí que llego a la vejez

y nadie ni nada

me ha podido decir

para qué sirvo.

Sume usted

Oficios, vocaciones, misiones y predestinaciones:

la cosa no es conmigo.

No es que me aburra,

es que no sirvo para nada.

Ensayo profesiones,

que van desde cocinera, madre y poeta

hasta contabilista de estrellas.

De repente quisiera ser cebolla

para olvidar obligaciones

o árbol para cumplir con todas ellas.

Sin embargo lo más fácil

es que confiese la verdad.

Sirvo para oficios desuetos:

Espíritu Santo, dama de compañía, Estatua

de la libertad, Archipreste de Hita.

No sirvo para nada.

 

18 DE AGOSTO de 1989

 

Vi estallar en los cielos el relámpago, el nombre

que divide la tarde, las resacas airadas,

el alba como un pueblo de palomas borradas

y acaso vi en todo esto lo que cree ver el hombre.

 

Arthur Rimbaud

 

Este hombre va a morir

hoy es el último día de sus años.

Amanece tras los cerros un sol frío:

el amanecer nunca más alumbrará su carne.

Como siempre, entre sus cuatro paredes

desayuna, conversa, viste su traje;

no piensa en el pasado, aún liviano y todo víspera,

en los gestos, hechos y palabras de su vida

que mañana serán distintos en el bronce y en los

himnos,

porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

 

En su corazón de piedra

el asesino afila los cuchillos.

 

Este hombre va a morir,

hoy es la última mañana de sus horas.

Por sus ojos de fría carne azul

sólo pasan idiomas y horizontes

para ciertas cosas que los otros sueñan:

la urgencia del pan y de la sal,

la flor abierta del abrazo, la sangre

invisible y contenida en su caracol de venas.

Ahora conversa por teléfono, escribe un discurso.

En el libro de apuntes lo atropellan

con letra afanada y resbalosa

los nombres y las citas de ese día

porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

 

El asesino esconde la cara siempre

para que el sol no le escupa sus gargajos de fuego.

 

Este hombre va a morir,

hoy es el ultimo mediodía de sus años.

Con la frente en el abismo sin saberlo

estrecha manos, almuerza, pregunta la hora.

Sus pasos que ha dirigido otras veces al amor

y a asuntos más rutinarios como el olvido

o la toalla azul después del baño,

que lo han llevado a conocer la gloria

en la algarabía elemental de las multitudes,

sus pasos pueden ser contados ya

porque este hombre camina hacia la muerte.

 

El asesino: humores de momia, hiel de alacrán,

heces de ahorcado, sangre de Satán.

 

Este hombre va a morir,

hoy es la última tarde de sus días.

Se prepara sin saberlo para el ritual:

con la voz fingida en la memoria,

que casi oye ya entre las caras como olas,

repasa las palabras de la arenga:

pan y verde, lagos de luz, verde y labios.

Frente al espejo rehace el nudo de la corbata,

cepilla otra vez sus dientes

y con los dedos recorre las alas amarillas del bigote.

Entonces las banderas y las manos y las voces,

la lluvia roja de papel picado,

la hora y el minuto y el segundo.

 

El asesino danza la Danza de la Muerte:

un paso adelante, una bala al corazón,

un paso atrás, una bala en el estómago.

 

Cae el cuerpo, cae la sangre, caen los sueños.

Acaso este hombre entrevé como en duermevela

que se ha desviado el curso de sus días,

los azares, las batallas, las páginas que no fueron,

acaso en un horizonte imposible recuerda

una cara o voz o música.

 

Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino.